Pensando el Bicentenario
Libre comercio patrio
La Revolución de Mayo de 1810 tuvo tres objetivos: la libertad externa, la libertad interna y la libertad de comercio. La libertad externa, con la Guerra de la Independencia en el medio, se consiguió en una década. Esta es la parte más enseñada de nuestra historia. La libertad interna, con la guerra civil en el medio, se consiguió en cuatro décadas. Esta parte es menos enseñada que la anterior. La instauración del estado de derecho fue un objetivo temprano y permanente de los gobiernos patrios. Ya en 1813, B. de Monteagudo redactó el primer proyecto de Constitución; le siguieron la sanción del Estatuto provisional de 1815 y la sanción del Reglamento provisorio de 1817, que sirvieron como antecedentes para las Constituciones unitarias de 1819 y 1826, de las que salieron, a su vez, muchos artículos de la Constitución federal de 1853.[1]
El tercer objetivo se consiguió de inmediato, de manera jacobina. De las tres partes, esta es la menos enseñada. Con la excepción de los historiadores, la mayoría de nosotros asocia el libre comercio a la Organización Nacional y al despegue de la economía argentina. Quiero destacar en esta oportunidad que la apertura comercial es muy anterior a la Organización Nacional. Se inició antes de la Revolución de Mayo y los gobiernos patrios la profundizaron. La historia del libre comercio en el medio siglo que terminó con la llegada de Juan M. de Rosas corre así.
En el contexto de las reformas administrativas borbónicas de fines del siglo XVIII, se creó el Virreinato del Río de la Plata en 1776 y se sancionó el Reglamento de Libre Comercio en 1778. Estas reformas, más el ímpetu de la industria británica que buscaba mercados para sus tejidos en todos los confines del mundo, determinaron una pronta apertura comercial de la economía de la pampa bonaerense. En el último cuarto del siglo XVIII, tuvo lugar la clásica revolución de precios relativos que acompaña a una sustancial liberalización del comercio internacional: cayó mucho el precio de las importaciones y subió mucho el de las exportaciones. Por ejemplo, el precio del hierro bajó un 50%; el del acero, más de un 70%, y el del coñac, un 60%; a su vez, el precio de los cueros aumentó un 250%. Es como si en la actualidad el precio de los autos bajara a la mitad y el de los productos de exportación subiera al doble. Pocos años después, a raíz de las invasiones inglesas, bajó mucho el precio de los productos textiles: los de algodón cayeron un 30% y los ponchos, un 60%.[2]
A partir de 1810, los gobiernos patrios abolieron barreras arancelarias y para-arancelarias y también el monopolio del comercio exterior que ejercía un pequeño grupo de comerciantes españoles. Gracias a esta reforma, al fin de las guerras napoleónicas, a una mejora de los términos de intercambio y a una rebaja del costo de transporte, la exportación per cápita se duplicó entre 1810 y 1825, y se ubicó en un nivel bastante alto en comparación con el nivel observado en ese tiempo en países desarrollados. De acuerdo con el historiador S. Amaral, después de la independencia hubo una importante liberalización comercial. Según los historiadores Salvatore y Newland, en el período que siguió a la independencia, la economía del Río de la Plata se transformó en una de las más abiertas del mundo. La apertura se consolidó en 1825 mediante la firma del Tratado Anglo-Argentino de Amistad, Comercio y Navegación (algo distinto a un TLC contemporáneo). Para Juan B. Alberdi, la importancia histórica del tratado fue capital pues evitó que Rosas hiciera de Buenos Aires otro Paraguay.[3]
En suma, conseguimos la libertad externa en diez años y jamás la perdimos; conseguimos la libertad interna en 40 años, la perdimos en 1930 y la recuperamos en 1983; conseguimos la libertad de comercio de inmediato y la perdimos en 1930. Seguimos igual en este terreno.
Referencias
[1] Groussac, P. (2005): Las Bases de Alberdi. Espuela, p. 66 y 67.
[2] Ávila, J. (2010): Antídotos contra el Riesgo Argentino. Cap. II.
[3] Ávila op. cit. Cap. I y II.
Jorge Ávila es economista. Ph.D. in Economics, Universidad de Chicago.
Fuente: www.jorgeavilaopina.com/?p=356