Chile: Cambio político trascendental y alternancia democrática ejempla
No sólo es importante la conciencia del cambio político profundo que Chile expresó ayer, sino también la forma ejemplar como él tuvo lugar. No abundan los países en que, a dos horas de iniciado el recuento ciudadano, éste sea conocido y reconocido sin reparos de nadie, pese a encontrarse en ese momento escrutado sólo el 60 por ciento de los votos, con una diferencia que fluctuaba en torno a tres puntos. Apenas tres horas después del cierre de las urnas, la autoridad entregó el 99 por ciento de los resultados.
Ejemplares fueron también las reacciones de quienes hoy son Gobierno y mañana serán oposición, y a la inversa. Sus candidatos y máximos personeros, tuvieron gestos y expresiones de irreprochable respeto mutuo, elevación de miras y concordancia en la prioridad del bien nacional por sobre las diferencias políticas.
Fueron modelo de eso la organización del acto electoral, la entrega de los cómputos y las tempranas palabras del ministro del Interior; las del candidato perdedor, el ex Presidente Frei, y las del ex Presidente Lagos -con grandeza y justo sentido de futuro y pasado-. Encomiable, en fin, la felicitación de la Presidenta de la República al candidato vencedor, superando las heridas que pudo causar la activa participación de todo el aparato gubernamental en apoyo del candidato oficialista, tras su débil resultado en diciembre. Sin resentimientos, los personeros de la Concertación pueden enorgullecerse de sus logros y entregar serenamente el mando, en una alternancia política que puede ser tan lograda como la exitosa y difícil transición a la democracia hace 20 años -como ya lo insinúan las primeras reacciones de personalidades, analistas y medios de comunicación internacionales.
Sería fatuo caer en alardes de orgullo por lo anterior, pero no sería realista ignorar el contraste con muchos otros países de la región, donde la democracia enfrenta dificultades y debilidades de envergadura alarmante. La legítima satisfacción por este logro debería constituir el punto de partida para vastas realizaciones en el futuro cercano, precisamente en este año de Bicentenario, que hasta ahora ha tenido más evocación verbal que contenido sustancial.
Si Chile lograra esto último, bien podría aportar una contribución al refortalecimiento democrático en la región latinoamericana, mostrando la realidad de una libertad efectiva y práctica, que no requiere ser restringida, suprimida ni tutoreada para alcanzar grandes cambios y avances, y un emprendimiento eficaz en favor de los más pobres.
El triunfo de Piñera y la centroderecha
El triunfo de Sebastián Piñera ha de evaluarse en el marco de que la derecha, desde la mitad del siglo pasado, aproximadamente, minusvaloró el papel de los partidos y buscó más bien apoyarse en personalidades carismáticas independientes. Más que poner énfasis en sus propias ideas, quiso influir con éstas en dichas figuras, a las que les presumía una capacidad de convocatoria masiva más amplia -caso de su última victoria electoral con Jorge Alessandri, en 1958-. Apenas 13 años antes, en 1945, la derecha había obtenido una mayoría categórica en las elecciones parlamentarias, que, sin embargo -por la fragmentación de sus partidos y su nula cultura de coalición-, no supo hacer cristalizar en las elecciones presidenciales de 1946, en las que Gabriel González Videla, apoyado por la centroizquierda y la izquierda, llevó al poder, por primera vez en Chile, al Partido Comunista.
Tras el gobierno de Jorge Alessandri, reticente a los partidos, la derecha siguió un durísimo camino que pasó por su virtual extinción electoral en 1965, cuando debió volcarse entera hacia la DC, en un período muy difícil de la vida nacional, que vio entronizarse la violencia y las visiones mesiánicas excluyentes en la vida política, lo que culminó con el insolucionable conflicto político del gobierno de la Unidad Popular.
Restablecida la democracia, los partidos de derecha debieron aprender toda una nueva cultura. La competencia entre ellos fue fortísima, y consecuencialmente débil el ánimo de coalición. Al no ser partidos de clientela, sino de opinión, tendieron con frecuencia a privilegiar en exceso sus propios proyectos. Fue para ellos difícil tarea la de aprender a convivir y colaborar efectivamente, atravesando dos elecciones presidenciales, y dos frustraciones, en que estuvieron cerca de la victoria. La UDI y RN hoy son partidos de ancha gravitación social, que han aprendido a respetarse entre sí y a colaborar como núcleo de una coalición de gobierno ampliada con independientes y profesionales y técnicos de valer, que ayer cosecharon el fruto de una cooperación fructífera.
Desafíos de la política
Ahora es el momento de mirar hacia delante. No sólo la nueva coalición gobernante sino la Concertación deben atender con igual rigor a los múltiples y variados signos que tanto en la reciente elección parlamentaria como en la larga campaña presidencial expresaron un reclamo muy fuerte contra el sistema político chileno. Éste se ha ido quedando atrás respecto del sistema económico e incluso del social. El "llamado profundo" es a mejorar la calidad de la política. Se ha destacado la importante renovación de figuras que se dio en la elección parlamentaria de diciembre pasado, pero falta desarrollar un sistema de partidos técnica y políticamente más sólido. Una lección de esta campaña es que las coqueterías políticas con los díscolos no rinden buenos frutos. En marzo habrá tres diputados comunistas, que reflejan una parte legítima del sentir político del país, pero ellos no deberían transformarse en un poder totalmente desmedido respecto de su real representatividad democrática. Ninguna fracción minoritaria puede imponerse en la medida en que, resistiendo presiones en aras de intereses parciales o sectoriales, el énfasis se ponga en los grandes acuerdos fundamentales que beneficien a todos. La Concertación y la Alianza han dado pruebas valiosas de poder alcanzarlos, como lo hizo en la reforma procesal penal, en la previsional, en la nueva Ley de Educación. Nada obsta a que reedite tales acuerdos en el cuadrienio venidero en torno a prioridades nacionales que, por lo demás, son bastante evidentes. Los graves déficits del país en materia de seguridad pública, salud, educación y otros rubros, obviamente no pueden solucionarse por una sola coalición de gobierno, sino que requieren acuerdos mayores.
La centroderecha debe comprender que no puede permitirse el lujo de arriesgar su unidad por rencillas menores. Ejemplos de que eso es posible quedaron de manifiesto, por ejemplo, en el renunciamiento de la UDI al adherir oportunamente a la postulación de Piñera, hace un año, que el electorado premió con la elección de 40 diputados de esa colectividad en diciembre, cifra sin precedentes. Y lo fue, igualmente, la actitud de RN, que supo comprender el valor de esta coalición y no pretendió asumir una actitud hegemónica por llevar al candidato de sus filas. Piñera encabezó por igual a toda la Alianza, y colocó en el haber del triunfo una excepcional preparación técnica para gobernar un estado moderno y una sacrificada dedicación a la campaña de él y su familia, signo éste muy relevante en la celebración de anoche. Elogio merece, ciertamente, la tenacidad del senador Frei. Abordó su campaña con una coalición que no tenía muchos nombres que ofrecer, salvo los de Ricardo Lagos y José Miguel Insulza, que por motivos bien conocidos declinaron competir y aspiraron a ser llamados con la seguridad de ser los candidatos escogidos, lo que ya no se da. Frei tuvo que liderar una concertación desgastada y fragmentada, pero su tesón le permitió reconstituir a la postre una votación superior al 48 por ciento que es básica para la renovación que ayer mismo comprometieron sus dirigentes; mérito suyo y del equipo que lo acompañó es que ello disminuye sensiblemente el impacto político antes provocado por la figura de Marco Enríquez.
Ahora, la Concertación deberá comprender que ha sido llamada a que su exitosa composición original de centroizquierda no se vuelque en exceso hacia la izquierda, pues la gran lucha electoral de las democracias modernas se da en torno al centro. Una afortunada conjugación de ambas tendencias probablemente sería también la mejor forma de superar el antiguo choque entre autoflagelantes y autocomplacientes, que tanto contribuyó a su debilitamiento. De lograr tal ecuación, la Concertación seguirá siendo, sin duda, un actor fundamental de la vida pública chilena, que pueda aspirar con realismo a recuperar el poder dentro de cuatro años.
Por su parte, la Alianza también ha de mantener el espíritu inclusivo que proclamó en su campaña, para poder cumplir su promesa de cambiar la calidad de la gestión del Estado. Este breve cuadrienio es período de decisiva prueba para el futuro: sólo con los mejores talentos, cualquiera sea su color político, podrá dar el salto de competitividad, de emprendimiento y de ritmo productivo que Chile necesita, condición sine qua non para sus posibilidades de obtener un nuevo mandato.
Focos del futuro: los pobres, la delincuencia y la educación
El principal foco del futuro debe estar en aquella parte del país que hoy no está desarrollado, como sí lo está esa otra parte que ha alcanzado progresos inimaginables antes de la revolución económica emprendida a finales de los años 70 y firmemente continuada por los cuatro gobiernos concertacionistas. Subsiste una porción considerable de chilenos en extrema pobreza, situación inaceptable que debe corregirse. No es igual sufrir la extrema pobreza en un país pobre que en uno en el que otra parte de la población vive en niveles similares a los de país desarrollado. Esto exige nivelarse urgentemente en igualdad de oportunidades, y ninguna otra prioridad del gobierno de Piñera puede sobreponerse a ésta. Su primer discurso como Presidente electo reafirmó vigorosamente este enfoque en favor de los más humildes y de la sufrida clase media.
Decisivo será mejorar la calidad de nuestra educación, cuyos resultados no se apreciarán políticamente en cuatro años, por lo que avanzar hacia esta meta demanda un sentido nacional suprapartidista y el convencimiento gubernamental de que, con independencia de intereses electorales, debe empeñarse a fondo en esta tarea nacional.
Otro foco prioritario es la seguridad pública, pues la delincuencia no puede seguir campeando como lo viene haciendo. La exigencia de innovación, creatividad y acción eficaz de todas las instituciones comprometidas en esta área no podrá satisfacerse sin un enérgico liderazgo técnico -no meramente intuitivo-emocional- del nuevo Ejecutivo.
Piñera destacó que el pueblo eligió ayer el cambio, el futuro y la esperanza, y que vienen tiempos mejores. Para lograr lo cual -anticipó-, se declaró resuelto partidario del diálogo y de los grandes acuerdos, indispensables para la construcción que Chile necesita. Subrayó también la necesidad de superar la actual debilidad de nuestro crecimiento, expandir el empleo y combatir enérgicamente la delincuencia y el narcotráfico, así como elevar la calidad de la salud y la educación. Llamó a profundizar los valores de la vida y de la familia, y reiteró su compromiso de seleccionar a los mejores para que Chile desarrolle "la cultura de hacer las cosas bien". Su compromiso mayor será con las 600 mil personas que no tienen trabajo, con los millones que sufren la inseguridad de la delincuencia o las listas de espera en los hospitales estatales, y con las 600 mil familias que no tienen vivienda digna. "No hay un minuto que perder" -dijo- para rectificar esas situaciones y hacer cuanto al respecto se requiere, con un Estado "con mucho músculo y poca grasa". En fin, Piñera plantea desatar los nudos que frenan la creatividad hacia un desarrollo firmemente competitivo.
Para todo lo anterior, anunció que el suyo será un gobierno de unidad nacional. Como símbolo de lo cual, la estrella que fue insignia de su campaña fue inmediatamente reemplazada, ayer mismo, por la bandera chilena. Es un gesto que puede resultar profundamente significativo del espíritu de la nueva época que ha comenzado con este decisión electoral que, sin duda, marca en nuestra historia política un hito lleno de interrogantes y esperanzas.