OPINION

Ganadores y perdedores en la carrera de precios y salarios

Por Ernesto Kritz, 18 de octubre de 2010

En condiciones de estabilidad macroeconómica, tanto o más que del comportamiento de los precios, la variación del ingreso real de los asalariados depende de la distribución de las ganancias de productividad. Que esa distribución sea más o menos favorable a éstos o a los empleadores, depende de la capacidad de negociación de las partes en un juego de concesiones re cíprocas. En un escenario inflacionario como el actual, la variación del ingreso real se desvincula de los cambios en la productividad –un factor endógeno- y depende mucho más de la capacidad de negociar el reajuste de los salarios nominales frente a los aumentos de precios –un factor exógeno.

En un mercado segmentado como el argentino, esa capacidad difiere mucho según cual sea el grado de formalidad de la relación laboral. Parece obvio que para los asalariados no registrados (36,5% según el INDEC), la posibilidad de negociar reajustes salariales es mucho más limitada que para los asalariados registrados bajo convenio. Es del todo probable que la mayoría de los asalariados informales -que, debe recordarse, se concentran en los estratos de menores ingresos- sean perdedores en la carrera de precios y salarios. Es igualmente posible que los asalariados registrados -de los cuales 7 de cada 10 están en la mitad superior de la pirámide distributiva- puedan eludir la pérdida de salario real y eventualmente ganar en esa carrera.

Una evaluación del estado de situación tropieza con el inconveniente de las dudas sobre la información. Ello se refiere no sólo a los precios al consumidor –es decir, al deflactor para el cálculo del salario real sino a los propios salarios nominales.

Esto es particularmente cierto en el caso de los salarios no registrados. La información oficial sobre los mismos es la del Índice de Salarios del INDEC. Según éste, en ocho de los últimos diez trimestres los salarios no registrados aumentaron mucho más (con una diferencia de más de 15 puntos durante la recesión) que las remuneraciones de los privados registrados. De acuerdo a ese indicador, en el período señalado los salarios informales crecieron a una tasa anualizada promedio de más de 28% (casi 36% en los tres trimestres recesivos) en comparación a 19% de los salarios privados registrados.

Es muy difícil explicar, como surge del índice oficial, ese mejor desempeño de quienes tienen tanta menor capacidad de negociación, en un escenario inflacionario y con una recesión de por medio. La conclusión, lamentablemente, es que no se dispone de información confiable sobre los ingresos laborales del tercio más vulnerable de los asalariados. Con toda probabilidad perdedores, no hay manera, por lo tanto, de cuantificar el impacto de la inflación sobre el poder adquisitivo de sus remuneraciones.

Para los asalariados privados registrados, en cambio, hay una alternativa. Se trata de los registros administrativos elaborados a partir de las declaraciones de los empleadores para el pago de las contribuciones de la seguridad social. La ventaja es que no se trata de una muestra, como es el caso del índice, sino que cubre el universo de los asalariados privados formales; la desventaja es que, al no tratarse de una canasta fija de ocupaciones, como en el índice, los cambios en la composición del universo pueden sesgar la comparabilidad en el tiempo. Esos cambios, sin embargo, son marginales, por lo que los sesgos son mínimos. Por último, pero no menos importante, si bien hay un número de empleadores que subdeclaran los salarios (una informalidad parcial), esto no necesariamente afecta las variaciones (aunque sí el nivel) en la medida que esa subdeclaración se mantenga constante. En el corto plazo esto es lo más probable.

Elegida esta fuente de información salarial, se optó por utilizar como deflactor el IPC Buenos Aires City. Esta combinación permite tener una aproximación razonablemente confiable de la evolución del salario real en el sector privado formal, sujeto a la negociación colectiva en su mayor parte.

La serie desde 2007, muestra que, con excepción de tres trimestres –dos de los cuales muy influidos por la crisis del campo- los salarios privados registrados han ganado hasta aquí a la inflación, no obstante la aceleración de esta última. Esto parece corroborar la hipótesis de la desvinculación del salario real de los cambios en la productividad, pero también de las fluctuaciones del nivel de actividad. En 2009, en efecto, con un primer semestre recesivo, la ganancia de salario real fue de 3% y en el primer semestre de este año, con la economía creciendo muy rápidamente, de 2,4%.

En el corto plazo la variable definitoria es la capacidad de negociación –en este caso principalmente de los sindicatos que no depende sólo de las condiciones del mercado sino del peso político de las partes, entre sí y con elación al Estado.

Claro que, aún dentro del sector formal, no les va a todos igual. Una desagregación por ramas de actividad, muestra que, en el primer semestre de este año, el salario real cayó en unos diez sectores, incluyendo siete de la industria. Estos sectores comprenden un tercio de los asalariados privados registrados. Incluso en el segmento que cuenta con más capacidad institucional y política para afrontar la inflación, puede haber pérdidas de salario real, aún con el nivel de actividad creciendo fuertemente. En un plazo más largo, es del todo probable que la lista de perdedores frente a una inflación persistente se extienda.

Artículo extraído de la newsletter mensual de SEL Consultores.

Ernesto Kritz es economista especializado en temas socio-laborales.